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Greg Freeman – All Set The Bone
8.0
Reseña de álbum

All Set The Bone

por Greg Freeman · 2 de octubre de 2026
Puntuación8.0 / 10

Veredicto final

8.0

Después del alt-country de Burnover, Greg Freeman se muda a Chicago y entrega un doble LP áspero, grabado deprisa con Congleton, que apuesta por el ruido antes que por el gancho inmediato. Lo mejor está en el centro rockero, con «Totaled» y «Hail Mary» prendiendo guitarras noventeras, y en las piezas más calmas, como «Loser's Prize», donde el twang y el órgano dicen más que la distorsión. El problema son los temas que pasan de los cinco minutos: «Marooned» se dispersa en siete minutos de malestar hasta que cuesta seguirla.

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El tercer disco de Greg Freeman cambia el alt-country de Burnover por un rock áspero y es su apuesta más arriesgada; brilla en el núcleo ruidoso y en las baladas, pero algún tema largo abusa de la aspereza.

Por Abe Saca — 2 de octubre de 2026

Un cambio de domicilio que se oye

Greg Freeman grabó All Set The Bone después de levantar campamento. Dejó Burlington, Vermont, donde había vivido mucho tiempo, escribió el disco viajando por el suroeste de Estados Unidos y acabó mudándose a Chicago. Ese desarraigo se nota: donde Burnover (2025) miraba al gótico de Nueva Inglaterra, con sus referencias a Vermont y al norte del estado de Nueva York, este tercer álbum suena desprendido de cualquier suelo. Freeman lo ha descrito como un reflejo de mucho cambio y mucha tensión, y para registrarlo fue a lo contrario de la comodidad: lo trabajó en el desierto de California con su banda —Garrett Linck al bajo, Joey Sullivan a la batería, Carney Hemler a la guitarra y Sam Atallah en teclados— y luego lo grabó deprisa, en abril, en un estudio de Los Ángeles con poco ensayo encima. John Congleton produce, graba y mezcla.

El resultado es un doble LP áspero que da un giro brusco respecto a los surcos alt-country y los detalles melódicos de Burnover. La apertura, «Cahokia», pone las cartas sobre la mesa: una frase inicial directa que confronta al oyente desde el primer verso, guitarras tintineantes y una letra que compara la decadencia actual con los montículos de aquella civilización precolombina a orillas del Mississippi, cuya desaparición en 1100 d.C. sirve de espejo al colapso presente. Es, con todo, lo más convencional del disco: podría haber cabido en Burnover antes de que el tema se descuelgue hacia un desenlace progresivo.

El núcleo ruidoso, y el riesgo de tenerlo todo largo

Donde All Set The Bone arde es en su centro rockero. «Totaled» entra con una guitarra agresiva que remite al indie noventero —hay algo de The Replacements, de Pavement, de The Breeders— mientras la letra parte de un coche destrozado y pasa de la chatarra del taller a las vidas arruinadas. «Hail Mary» se tira dos minutos sonando como una banda que calienta sin apuro, con un diálogo entre guitarra y violín, antes de reventar en un rock enorme; la letra advierte sobre el aislamiento autodestructivo. Y «Marooned» estira siete minutos de elegía sobre el estado de la justicia —el mazo abandonado, los testigos que se suicidan— con punteos frenéticos a lo Fugazi que generan malestar más que catarsis.

Esa es también la grieta. Freeman confía en temas que superan ampliamente los cinco minutos, y no todos sostienen la apuesta. «Culture» pasa tres minutos monótonos, casi invitando a saltarla, antes de estallar en un caos que redime la espera; la letra pregunta a quién acudir cuando los héroes han perdido la voz y cierra con un verso resignado sobre quedarse sin cultura y sin rock and roll. La ganancia vale el precio en ese caso, pero «Marooned» se fragmenta hasta que a ratos cuesta seguirla. Freeman ha dicho que cada disco debería darte miedo; aquí el miedo se traduce en canciones que prefieren la abrasión a la inmediatez, y eso las hace más difíciles de agarrar que las de Burnover.

Cuando afloja el ruido

Lo mejor del disco no siempre grita. «Loser’s Prize» cruza twang y órgano sobre una letra que habla de protegerse hasta que la fortaleza personal se vuelve prisión, con las propias pasiones de celda, y evoca la crudeza desolada del Neil Young de la trilogía de la zanja. «Untitled 10» monta un jangle en tono menor con un solo de violín dentado de Scott Daniel, y su letra —convertir en taxidermia cada desamor que lo merezca— afila la imagen que el disco repite: gente fosilizada, insectos en ámbar, lo que queda cuando el amor desaparece. Esa paleta la amplían los metales de Sam Atallah, que arregla trompeta, saxofón y trombón, y las voces de Anna McClellan en el agudo y Trinity Ace en el grave. En «Withdrawn» los vientos meten incluso un gesto de comedia dentro de la melancolía. Y el cierre, «Bury Me The Shovel», es un vals country desencajado, atípico entre tanta distorsión, que resume el cinismo del álbum sin levantar la voz.

Frente a Burnover, este es el disco más ambicioso y arriesgado de Freeman, y el salto de escritura —del gótico de Nueva Inglaterra al desarraigo del traslado— se cumple sobre todo en su núcleo rockero y en baladas sucias como «Loser’s Prize», que ya suenan a lo mejor que ha grabado. Lo paga en algún tema largo que fía demasiado a la abrasión, pero la banda toca apretada y los metales de Atallah ensanchan la paleta sin suavizar los bordes.

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