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Michael Kiwanuka – Fudge
8.0
Reseña de álbum

Fudge

por Michael Kiwanuka · 23 de octubre de 2026
Puntuación8.0 / 10

Veredicto final

8.0

Kiwanuka se produce a sí mismo por primera vez y graba casi en directo, en un estudio junto a su casa, un disco más crudo que Small Changes pero con la misma mano para la melodía. Funciona cuando las canciones encuentran un ritmo y se dejan correr, como «Just Another Moment», o cuando la voz se quiebra en «Sing», que pesa más tras el ictus que sufrió en 2025. El tramo central se alarga y la hora de duración se nota, pero en sus mejores momentos es su disco más personal.

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El disco más crudo y autoproducido de Michael Kiwanuka, con canciones que brillan en seco pero un centro donde la libertad de estructura se vuelve relleno.

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Por Abe Saca — 23 de octubre de 2026

El disco que se grabó al lado de casa

Fudge nació como el gemelo de Small Changes (2024): las mismas sesiones, pero en un estudio de Southampton que Kiwanuka pagó con el dinero del Mercury Prize, a distancia caminable de su casa, y sin la gente que venía definiendo su sonido. Es su primer disco sin Danger Mouse ni Inflo desde Home Again (2012), y el primero que se produce él mismo, aquí junto a Dom Monks —el ingeniero de Laura Marling y Big Thief—, con Joe Connell sumando instrumentos y Rosie Danvers escribiendo las cuerdas. La diferencia se oye enseguida: donde Small Changes reunía a Pino Palladino, James Gadson y Jimmy Jam en Los Ángeles, esto suena a sala pequeña, grabado casi en directo.

Esa aspereza es el argumento del disco. «Across The Sky» entra en mitad de un acorde, como si alguien hubiera pulsado grabar un segundo tarde, y se queda en rasgueo acústico y voz susurrada, más cerca de un micrófono abierto que de un estudio mayor. «Move In My Direction» arranca con una cuenta hablada antes de que las cuerdas y la percusión se vayan ensamblando. Kiwanuka explicó que tenía que hacerlo distinto a sus últimos discos, porque de lo contrario no había razón para que este existiera; la frase se nota en cada decisión de dejar el arreglo a medio vestir.

Canciones que se abren solas

Lo mejor pasa cuando esa libertad de estructura encuentra un buen surco. «Just Another Moment» cruza un yacht rock de caja de ritmos ochentera, con sabor Miami, hacia una textura orquestal más cinematográfica, y deja castañuelas recorriéndola de principio a fin con un aire de western. «California» monta un ritmo de trip-hop y filtra la voz como por teléfono —el mismo truco que Damon Albarn aplica en sus proyectos—, mientras cuerdas, coros y guitarra se van apilando hasta que la voz se quiebra, audible, en una sola palabra. «Love In My Heart» se estira siete minutos hacia el soul psicodélico artesanal de Shuggie Otis, con cuerdas lujosas trenzadas a una caja de ritmos vintage y un largo outro de piano. Estas canciones vienen de jams, se abren en codas que se repiten sin prisa, y eso las hace respirar.

El contexto pesa sin que la reseña pueda ignorarlo: en julio de 2025 Kiwanuka sufrió un ictus que lo tiene en rehabilitación, y publica Fudge porque, dijo, no sabe cuánto tardará en sacar otro. Las letras lo atraviesan desde antes de los hechos. «Sing» habla del miedo a dejar de crear y guardar el trabajo en un cajón, y la voz se agrieta en el estribillo amplio, un detalle que cobra otro peso sabiendo que reentrenó las cuerdas vocales. «Stars» abre con ráfagas de guitarra eléctrica de sabor Stones y canta la sensación de que la alegría de hacer música se escapa; la fricción entre esa guitarra con fuzz y los pasajes dulces es de las pocas del disco. «Drowning In Your Heart» despoja casi todo el arreglo para dirigirse a un amigo hundido en la tristeza, y cierra con un violín que se retuerce y se apaga de golpe.

Donde la libertad se vuelve pereza

El mismo método que da aire a las mejores canciones ablanda el tramo central. «You Sent Me Flying» nunca escapa de su tempo lánguido, por más que la guitarra slide y las cuerdas entren con eco onírico. «Steve’s Paradise» emerge de una penumbra retro-futurista hacia voces en capas y órgano, pero se complace demasiado en su propia lentitud. Es una hora de disco, y hay ideas melódicas que se agotan antes de resolverse: cuando no hay surco debajo, la coda abierta deja de ser decisión y se vuelve relleno. El arranque con el sampler de Chick Corea hablando de confiar en el propio gusto funciona como declaración de principios y también como aviso de que nadie frenó los excesos.

Fudge es más crudo que Small Changes sin perder su mano melódica, y Kiwanuka gana cada vez que la autoproducción le descubre la voz de compositor en seco —«Sing», «Stars», «Just Another Moment»—. Lo paga en un centro donde confunde tener tiempo con usarlo entero. Que haya salido al margen de su maquinaria habitual, en un estudio al lado de casa, no lo deja por debajo de lo anterior: lo deja distinto, y en sus mejores momentos, más suyo.

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