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Rachel Chinouriri – I think I spoke too soon
8.0
Reseña de álbum

I think I spoke too soon

por Rachel Chinouriri · 16 de octubre de 2026
Puntuación8.0 / 10

Veredicto final

8.0

El segundo de Chinouriri deja el indie-rock del debut por sintetizadores brillantes y beats de club, con la sobriedad y el alcohol como tema de fondo. Lo mejor llega cuando la voz manda: «Broken chair» mete la melancolía dentro de la producción en vez de pegarla encima, y «The good fight» vuelve a la guitarra y a uno de los mejores momentos de su carrera. El problema está en los dos primeros temas y en «Make believe», donde el brillo corre tan suave que entierra una voz que solo funciona cuando se la escucha de cerca.

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Rachel Chinouriri cambia las guitarras por sintetizadores y pista de baile, y lo clava cuando el arreglo carga la letra; falla cuando el pulido la aplana.

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Por Abe Saca — 16 de octubre de 2026

El club visto desde el baño

El segundo álbum de Rachel Chinouriri empieza mirándose en tercera persona: en «One song away from crying» la letra observa que nunca se vio mejor y nunca se sintió peor, y el ritmo disco suena amortiguado, como si la escena ocurriera en el baño de un club y no en la pista. Esa distancia entre cómo la ven y cómo se siente es el tema del disco, y también explica el giro de sonido. What a Devastating Turn of Events (2024) era indie-rock y britpop de guitarras; aquí entran sintetizadores brillantes, beats de pista de baile y menos guitarra. «Pretty girls» funciona como himno de fiesta, con los versos bañados en reverb y un estribillo que repite como una bola de espejos. «Baby steps» arranca con una intro de balada ochentera antes de caer en el groove, y su letra habla de la frustración de avanzar despacio, en la vida y en el romance.

El cambio no es solo decorativo: Chinouriri lo escribió desde la sobriedad reciente, y el alcohol recorre el disco como asunto, no como adorno. «Broken chair» es el mejor ejemplo de que el nuevo sonido le sirve. Sobre una línea de sintetizador que suena a trompeta, bajo saltarín y cencerro metálico, usa una silla rota abandonada en la calle como metáfora de sí misma; la letra mira hacia atrás, al primer álbum, y mide el coste de exponerse ahora que es figura conocida, con Chinouriri desdoblándose en dos voces para contar qué la llevó a dejar de beber. El estribillo es de los más efectivos del disco, y la melancolía está metida dentro de la producción, no pegada encima.

Cuando vuelve a la guitarra

Los momentos que más se acercan al debut son los que la ponen al frente. «I’m a star» arranca con pandereta y bombo, guitarras pesadas y la voz alternando talk-sing y falsete; la letra reafirma su lugar en la escena indie como mujer negra, una declaración que conecta con aquel texto de 2022 en el que rechazaba las etiquetas de R&B y soul. «AAAHHH!!!» es indie-rock ansioso y enamoradizo a la vez, con bajo grueso y elástico y un final en que los instrumentos se cortan y el grito del título se deshace en un suspiro; ahí asoma la intimidad del EP Little House. Y «The good fight» se aleja de la pista para volver al rock sobre distorsión difusa: Chinouriri bebe con amigos que dice odiar, perdida en la ilusión de cómo deberían ser los veinte. Es uno de los puntos altos de su carrera, y no por el volumen sino porque la escritura —fastidio, arrepentimiento, autodestrucción— encuentra el arreglo que le hace sitio.

«Parasite» aporta la instrumentación más enérgica, con batería disco-punk y un bombo con aire a Phil Collins mientras la letra narra una vuelta al piso de un ex tras una pelea, con la escena del vino tensando otra vez alcohol, vida social e identidad. «Favourite desperation» mezcla efectos de videojuego, golpes de caja y violines difusos, y describe un enamoramiento con ironía: el detalle del viaje en coche con los Pixies es de lo mejor escrito del álbum.

Donde el pulido le quita cuerpo

El límite aparece cuando el brillo se come la voz. Los dos primeros temas corren demasiado suaves y entierran a Chinouriri en arreglos que no le hacen justicia —la versión que tocó en SNL UK de «One song away from crying» respira más que la del disco—. «Make believe» sufre lo mismo: la entrega susurrada tapa una letra que cruza melancolía e ingenio, aunque los sintetizadores brillantes tengan su gancho. Son los momentos en que el disco elige la textura por encima de la persona, y Chinouriri funciona al revés: brilla cuando se la oye. «Shiver», con falsete y cuerdas sutiles, deja un espacio vacío alrededor del solo de guitarra que acompaña el estado de la letra; «Crash this car» cierra despacio, con la imagen de tener piel gruesa y que los daños pequeños se cuelen igual.

Comparado con el debut, este disco cambia de paleta sin perder lo que lo sostiene: cuando el arreglo bailable carga la letra, como en «Broken chair», o cuando vuelve a la guitarra en «The good fight» y «I’m a star», Chinouriri suena más madura y más presente que en 2024. Lo que le resta es ese puñado de temas donde el pulido la aplana justo cuando debería ser el centro.

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