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Gilla Band – Pugnello
8.0
Reseña de álbum

Pugnello

por Gilla Band · 25 de septiembre de 2026
Puntuación8.0 / 10

Veredicto final

8.0

Frente a Most Normal, este es un disco más metódico y más extremo a la vez, que empuja el lado electrónico más lejos que nunca sobre la caja de ritmos Perkons y la producción de Fox. Lo mejor llega cuando el groove y el dolor coinciden: «Alogia» monta un surco funky y tambaleante que aguanta a la vez el peso clínico y el chiste. Lo que falla es la duración de algún tramo, como los más de siete minutos de «Crisp Pop», que se sostiene más por la abrasión del ruido que por lo que tiene que decir.

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Gilla Band destila su fórmula y empuja el lado electrónico más lejos que nunca en un disco extremo sobre el duelo, más metódico aunque menos inmediato.

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Por Abe Saca — 25 de septiembre de 2026

Cuatro años pintando, produciendo y tocando en Lankum, para volver a esto

Pasaron cuatro años entre Most Normal y este cuarto álbum, y no fueron años parados. Dara Kiely se dedicó a la pintura, Faulkner tocó la batería en la gira de Lankum, Daniel Fox se hizo productor de Sprints, Lambrini Girls y Mandy, Indiana, y Duggan Borges sacó su proyecto en solitario, Null Club. Pugnello —el nombre viene de una tipografía fantasmagórica de una novela de terror escrita por el tío de Kiely— junta de nuevo a los cuatro con Fox no solo al bajo sino grabando, mezclando y produciendo el conjunto. Su filosofía la resumió el propio Fox: el truco es ser más ruidoso que todos los demás.

Eso ya lo sabíamos. Lo nuevo aquí es cuánto se ha corrido el disco hacia la pista de baile. Buena parte de Pugnello está construido sobre la caja de ritmos Erica Synths Perkons, y se nota: «Placeholder» monta su bajo monstruosamente distorsionado sobre un pulso de club industrial que, pasados un par de minutos, se disuelve y deja solo ruido ambiental mientras Kiely repasa sus manías; «Jacobsons» corre sobre un two-step de bajo enorme, casi eufórico y vaciado por dentro; «Giraffe» arranca como el momento más rockero del álbum y muta en el último tramo hacia un house descompuesto. Cuando Fox habla de haber crecido con The Prodigy y The Chemical Brothers y de que se puede hacer pop con sonidos raros, este disco es la prueba.

El ruido nunca fue solo ruido

La apertura no engaña. «The Angelus» pone la guitarra de Duggan Borges a moler contra la batería de Faulkner a 170 pulsaciones por minuto, sostiene un acorde de power chord distorsionado casi dos minutos y medio como zumbido de fondo, y encima Kiely alterna el grito angustiado con referencias a Top Cat y a Bananas in Pyjamas. Ese choque —lo desquiciado y lo ridículo en la misma línea— es el método. Kiely ha dicho que ama el absurdo porque gritar todo el tiempo sobre algo serio tendría otro efecto, y que lo más gracioso es tirarse un pedo en un funeral. La imagen es literal: el disco entero gira alrededor de la muerte de su padre, ocurrida entre un álbum y otro.

Ese duelo aterriza sin adornos en «Jacobsons», donde entre la avalancha de imágenes aparece la incapacidad de sentir la tristeza que se espera —Kiely grita que debería estar más triste— mientras la música baila alrededor del hueco. Y cierra el álbum en «At the Gallop», su mayor ruptura: la voz procesada hasta lo irreconocible, en la línea del Trans de Neil Young, imaginando un diálogo con el padre muerto sobre un dub mecánico con toda la humanidad extraída del sonido. La última frase del disco anuncia esa muerte. Kiely contó que fantaseó con comprar los vinilos de coleccionista de su padre como gesto de reconciliación, y que él murió antes de que pudiera hacerlo.

Lo que gana afinando la fórmula

«Alogia» es donde el disco encuentra su mejor equilibrio: un groove funky y tambaleante, enterrado bajo alarmas y abrasión electrónica, sostiene una letra frontal sobre su diagnóstico de esquizofrenia —el título nombra la pobreza del habla asociada a la enfermedad—, con el bajo de Fox dando vueltas en un gancho pegadizo hasta que detona. Ahí conviven el peso clínico y el chiste, y el surco aguanta el peso de ambos. «Crisp Pop», en cambio, estira más de siete minutos y medio un ritmo industrial casi autoritario para colgar una charla de bar sobre grupos de Britpop y sabores de patatas fritas; el juego de palabras solo se descubre leyendo la letra impresa, y la broma pesa menos que la textura.

Frente a Most Normal, este es un disco más metódico y más extremo a la vez: la banda destila su fórmula hasta lo esencial y empuja el lado electrónico más lejos que nunca. Lo hace sin un momento tan inmediato como sus mejores canciones sueltas, y algún tramo largo —«Crisp Pop»— se sostiene más por la fisicalidad del ruido que por lo que tiene que decir. Pero cuando el groove y el dolor coinciden, en «Alogia» o en «Jacobsons», Gilla Band consigue algo que sigue sin parecerse a nada: hacer bailable el desastre y honesto el absurdo.

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