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Julia Jacklin – The Gem
7.5
Reseña de álbum

The Gem

por Julia Jacklin · 25 de septiembre de 2026
Puntuación7.5 / 10

Veredicto final

7.5

Frente al folk despojado de Crushing y al pop más grande de Pre Pleasure, Jacklin cruza lo íntimo con texturas ásperas de indie rock y se pone más al centro que nunca. Lo mejor es cuando un objeto concreto carga la emoción y los arreglos van a contrapelo de la letra, como en «Angel Vision», con el Wurlitzer y los sintetizadores tenues apretando la escena. Lo que falla es el tramo final: canciones que confían tanto en el detalle que se quedan desnudas de música, y armonías a tres voces que piden un cuerpo que la producción no les da.

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El cuarto disco de Julia Jacklin es su escritura más completa y su forma más lograda de esconder el filo en arreglos amables, aunque el tramo final queda algo desnudo.

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Por Abe Saca — 26 de septiembre de 2026

Un bar de Melbourne convertido en estudio

The Gem, cuarto álbum de Julia Jacklin y primero para 4AD, se llama como el bar de Melbourne donde ella tocaba en sus inicios y donde volvió a grabar, esta vez en un espacio habilitado sobre el local. Ese dato no es decorativo: se oye. Con Robert Muiños coproduciendo y grabando entre horarios limitados y ruido de la calle, el disco arrastra una textura de banda tocando en una habitación, con la música del local de abajo colándose por debajo. En «Brand New» esa crudeza va al frente —un bucle de batería quieto, guitarras acústicas, la voz que suena como si viniera del cuarto de al lado mientras repite la idea de empezar de cero— y funciona más como declaración de intenciones que como gran apertura. Es de las canciones que menos empujan del disco.

Jacklin resumió el asunto entero en una frase: quiere amar y ser amada, pero también quiere sentirse libre, y esa tensión ha sido la pregunta central de su vida. El disco la persigue sin fingir que la resuelve. «God Sometimes» la imagina volviéndose su propia salvadora, con el piano Wurlitzer de Olaf Scott haciendo de contrapunto ensoñador al riff eléctrico de Jacob Diamond; la confianza dura exactamente esa canción, porque «If I Had The Hand Of God» ya se pregunta si tener poder divino cambiaría algo en sus relaciones. Ese vaivén entre agencia y rendición organiza buena parte del cancionero.

Donde el detalle hace el trabajo

Lo mejor de The Gem pasa cuando Jacklin deja que un objeto concreto cargue con la emoción. En «If I Had The Hand Of God» se describe jugueteando con sus anillos en un bar; el gesto revela más que cualquier confesión abierta. «Real Life» arranca acordándose de no haber regado unas plantas y aplica la misma lógica de abandono a una relación que se derrumba, mientras una caja de ritmos tenue va sumando sintetizadores y un Wurlitzer que aprieta la escena. Es una de sus mejores escrituras aquí: el chiste a medias sobre si soñar con hacer algo bueno debería contar esconde la distinción entre imaginarse amorosa y serlo.

Ese cuidado por lo doméstico también sostiene los momentos en que los arreglos van a contrapelo de la letra. «Angel Vision» es una balada casi de nana —voz y guitarra acústica, el contrabajo de Richard Bradbeer entrando en la segunda mitad— sobre sentirse vigilada, y esa dulzura adormilada es justo lo que la vuelve angustiante: la vigilancia puede ser protección o control, y la canción no decide. En el otro extremo está el sencillo «Get Away From Me (I Think I’ll Love You Soon)», jangle brillante y ochentero que hace sonar despreocupada la ansiedad de reconocer que no se puede moldear a otra persona. Es el gancho más inmediato del disco y no por casualidad el más celebrado.

Cuando la textura reemplaza al gesto

Frente al folk despojado de Crushing y al pop más grande de Pre Pleasure, aquí Jacklin combina lo íntimo con texturas más ásperas de indie rock y se coloca más al centro que nunca. «Walk On Me» es la apuesta grande: seis minutos que crecen desde una guitarra sola y con distorsión hasta un clímax de banda completa, con la voz abandonando las palabras para volverse instrumento, espejo de la relación desigual que describe —pedir que la pisen encima, pero con la luz apagada para que nadie lo vea—. El crescendo es largo y sin salida, y esa es la idea.

El cierre reúne las dos caras. «You Turned On The Tap» es piano casi desnudo y una flauta suave sobre flores marchitas y un duelo que no se supo prever; su ambición de tres minutos se sostiene por la letra más que por adónde llega la música. «I Wish» cierra con las hermanas Rigby de The Maes en armonías a tres voces —Jacklin la describió como una nana para su yo más joven— y ahí el problema es de instrumentación: las voces piden un cuerpo que la producción no les da. Es donde la crudeza de grabar sobre un bar deja de sumar y empieza a restar.

Este es el disco más completo de Jacklin en escritura, con «Real Life» y «Get Away From Me» entre lo mejor que ha firmado, y su forma más lograda de esconder el filo dentro de un arreglo amable, como en «Angel Vision». Le falta que la libertad de grabar sin plazos ni sello encima no se traduzca, en el tramo final, en canciones que confían tanto en el detalle que se quedan un poco desnudas de música.

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