
Veredicto final
DIIV deja atrás el shoegaze tradicional para burlarse del rock alternativo de listas desde dentro, y el salto hacia el hiperpop con A.G. Cook resulta más arriesgado y logrado que su disco anterior. «Evangelizer» mete el gancho pop sin perder el filo de la letra y «My Star» cierra con el mejor fuzz de Bailey y una emoción real que ninguna sátira alcanza. La crítica política se vuelve demasiado literal en varios momentos y «Trillions» se disfraza tan bien de aquello que ataca que la broma se pierde en el autotune.
DIIV convierte el shoegaze en sátira del rock alternativo de las listas junto a A.G. Cook: un giro valiente que a veces se come a la propia banda.
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Por Abe Saca — 30 de octubre de 2026
El shoegaze se pasa al bando que vino a atacar
DIIV grabó su quinto disco entrando en terreno enemigo con las armas del enemigo. El título, ZIRP!, viene del acrónimo inglés de «política de tipos de interés cero», ese instrumento que dejó crecer a empresas como Spotify o Uber a costa del trabajador, y el disco entero funciona como sátira de la música que inunda las listas alternativas. El grupo contó que un día entró en esas listas, miró lo que había y le pareció todo horrible; de ahí salió la idea de hacer, con sus palabras, «nuestro disco de rock alternativo mainstream extremadamente accesible». Para eso ficharon a A.G. Cook, que rechazó el plan original —remezclar las demos al estilo de Andrew Weatherall en Screamadelica— y prefirió trabajar las canciones desde cero junto a la banda.
La jugada se oye desde «The Fountain»: una nube de distorsión que remite directo al Loveless de My Bloody Valentine, con la voz de Zachary Cole Smith más alta y al frente que en cualquier disco anterior del grupo, y la letra usando la fuente de la juventud como metáfora de una influencia que envenena en ciclos. Esa guitarra de sierra —tono que Andrew Bailey clava en «The Crash» y «My Star»— es lo que ancla el disco a lo que DIIV siempre fue; lo nuevo son las cajas de ritmos, los sintetizadores giratorios y la mano digital de Cook, que salpica retroalimentación y ruido como quien pega calcomanías sobre el fuzz.
Cuando la fórmula agarra
Lo mejor pasa cuando esa suma se ordena en vez de amontonarse. «Kid» arranca suave, con batería de patrones blandos y sintetizadores oscilantes, construye un ecosistema pequeño y lo revienta a mitad con un corte de guitarra ruidoso; la letra reflexiona sobre la infancia y sobre que la gente no cambia tanto, y la dinámica de susurro a estallido es de lo más logrado del disco. «Evangelizer» consigue el toque pop mejor que ningún otro corte: batería contagiosa, clavicémbalo que suena de otro mundo, texturas electrónicas, y una letra que se mete en el bolsillo las «pastillas de colaboración corporativa» y las «llaves de fondo de inversión» sin dejar afuera al propio narrador, que se señala por su inacción. Y «The Crash», con el fuzz de Bailey como cortadora de césped y Ben Newman golpeando fuerte sin perder cohesión, pone imágenes de millonarios peleando en fosos de caimanes mientras el mundo arde en la pantalla.
«Trillions» es el caso que divide. Cook ahoga la voz de Smith en autotune dulzón, retira las guitarras eléctricas y entrega pop-punk irónico sobre un personaje obsesionado con acumular riqueza. La banda la llama «el corazón que late del disco», y el riesgo está a la vista: es el punto más alejado de cualquier cosa que DIIV haya hecho. A ratos la mueca funciona como lo que pretende ser —una burla—, y a ratos el disfraz queda tan completo que uno duda si la broma sigue en pie o se la tragó el acabado robótico que la banda dijo perseguir.
El giro que a veces se come a la banda
El problema de ZIRP! es doble y conviene nombrarlo. Primero, la crítica política: en «The Crash», con su imagen de los millonarios y el fuzz como cortadora de césped, la denuncia del colapso económico se queda a veces en la superficie, inusualmente roma para un grupo que sabía decir las cosas de costado. Segundo, el propio giro pop recorta de más: en «The Fountain» la distorsión queda recortada y no se despliega del todo, lo que le quita tensión al impulso característico de la banda, y en «Dare Me» las marcas digitales de Cook quedan pegadas sobre el fondo con la voz de Smith colocada encima sin integrarse. Hay un corte, «Idiot In The Sky», que se va por digresiones sin hilo —rima Diddy Kong con bomba de neutrones— y sirve más de cierre atontado que de canción.
Y sin embargo el disco repunta al final. «My Star», con el mejor fuzz de Bailey, encuentra a Smith canalizando ternura en una letra que parece dedicada a sus hijos y al paso del tiempo, un peso real que ninguna sátira sostiene. No es casual: Smith perdió su casa en los incendios de Altadena en 2025, y esa reconstrucción late bajo el optimismo del tramo final.
Es un giro más valiente que Frog in Boiling Water, y la colaboración con Cook integra el hiperpop sin borrar la guitarra. Pero el precio también está puesto sobre la mesa: cuando la distorsión se recorta y la crítica se vuelve literal, DIIV cede lo que lo distinguía antes de reemplazarlo del todo, y «Trillions» deja la duda de hasta dónde la banda controla su propia broma.






