
Veredicto final
Carly Rae Jepsen convierte su vieja costumbre de discos compañeros en un doble álbum que sale entero de una vez, y la ambición le sienta a medias. La mitad nocturna, orientada al club, es la que sostiene el pulso y encadena su mejor secuencia; la diurna, más orgánica y adornada, se dispersa en tramos medios que se desinflan. Queda un disco generoso y de escritura afilada, donde el gancho de siempre convive con demasiado material que aún busca su lugar.
Un disco doble donde la mitad nocturna encuentra el pulso que la diurna, más adornada, tarda demasiado en hallar.
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Por Abe Saca — 23 de septiembre de 2026
El primer disco doble simultáneo de Jepsen reparte veinticuatro canciones en una cara diurna y otra nocturna
«Day and Night», de Carly Rae Jepsen, editado por Interscope en 2026, reparte veinticuatro canciones en dos caras opuestas y se queda con un 7.5 sobre diez por lo que la mitad nocturna consigue. Jepsen ya había hecho de las ediciones dobles una costumbre: discos compañeros para E·MO·TION, para Dedicated, para The Loneliest Time. Esta vez las dos mitades salen juntas y se declaran distintas desde el diseño. La cara Day nace de un viaje por Europa con Cole M.G.N., con quien luego se casó, y busca instrumentos en vivo y un guiño al folk; la cara Night apunta al club. Cuando el disco estaba en la mezcla, Jepsen ya esperaba a su primer hijo, nacido esta primavera, y esa vida nueva atraviesa la escritura. Entre tanta canción, la cuestión es cuál de las dos caras aguanta las doce que le tocan.
La cara Night, con Kyle Shearer al mando, encadena la mejor secuencia del álbum en «Amalfi Coast» y «Patience Power Passion»
La cara Day se abre bien y luego se enrarece. «After All» arranca con piano staccato y pandereta, un house-pop de calma romántica que suena a vacaciones. «Habits of Creatures» retira el maximalismo habitual: la voz aérea flota sobre un ritmo nu-disco cuyos sintetizadores rondan a Todd Terje, y la primera estrofa se sostiene en tonos casi robóticos antes de que entren las líneas saltarinas. Hasta ahí el disco respira. Pero «On Wires», con su motivo de piano insistente que evoca a Cole Porter, resulta monótona colocada tras esos tres temas, y el arreglo escueto y rasgueado de «Wild Child» llega cuando el oído ya calcula cuánto material queda por delante.
La cara Night, con Kyle Shearer al mando de lo bailable, mueve las caderas antes que la cabeza y por eso funciona. «Burning Heart» mete un solo de saxofón de estética ochentera sobre una mezcla dance que empuja de pared a pared. «Amalfi Coast» y «Patience Power Passion» encadenan la mejor secuencia del doble álbum, disco soleado de textura de atardecer que baja las revoluciones sin perder pulso. La síntesis aquí es más limpia que en la mitad diurna, y esa limpieza es lo que la cara Day, ocupada en amontonar instrumentos, casi nunca consigue.
La maternidad reciente atraviesa las canciones de cierre de ambas caras sin subrayados
El disco recorre el amor como quien manda postales: deseo de echar raíces, estabilidad doméstica, escenas costeras. En la cara Day la escritura tira hacia el rencor con puntería: «Something Tragic» dirige una frase fríamente desdeñosa a un expareja, rodeada de imágenes de cielo azul y oasis, y es de los momentos más afilados de la primera mitad. Jepsen describió esa cara como la más orgánica, con más instrumentos en vivo y un guiño a sus raíces folk; la descripción es exacta, aunque el gesto orgánico a veces pese más que la canción.
La maternidad reciente entra sin subrayados. La bossa nova de teclas tintineantes que cierra la cara Day como un cuento de hadas le canta a su hijo recién nacido. Y «Motivation» interroga cómo las expectativas familiares moldearon su perfeccionismo sobre un house de voces filtradas; la letra escarba en la identidad, aunque su coro se queda en la superficie de lo que promete. La escritura es más lúcida cuando muerde que cuando celebra.
Canciones clave
«Don’t Leave Me on the Dance Floor» — El homenaje más limpio al ABBA que Jepsen haya firmado. Acordes rebotando y sintetizadores arpegiados sostienen una súplica al amado, y cada repetición del título viaja de grito al cielo a susurro de celofán. El coro metálico convoca al French touch y al grupo sueco a la vez. Es la clase de canción que la cara Night sabe entregar sin titubear: un mecanismo pop que no esconde sus engranajes y funciona justamente por eso.
«Blue Skies» — El punto donde la cara Day acierta con lo que busca en toda su extensión. Guitarras psicodélicas se retuercen unas sobre otras mientras la instrumentación se va revelando, y la voz aguda de Jepsen une la sensibilidad folk de los setenta con esa psicodelia. Es luminosa sin volverse decorativa, algo que «On Wires» no logra unas pistas antes. Cuando la mitad diurna encuentra el peso justo de su arreglo, suena así.
«Super Sage» — El cierre y la confesión más desprotegida del álbum. Un vocoder abre la canción, los sintetizadores se acumulan como ansiedades y luego el tempo se dispara hasta desembocar en una admisión sobre parecerse a su madre y apenas rozarla, que termina en un suspiro de alivio. El inconveniente es que retoma el maximalismo caótico de la cara Day, de modo que la despedida no ordena las veinticuatro canciones: las abraza tal como quedaron.
Jepsen sabe que la extensión es una apuesta, y buena parte del disco la paga. La cara Night gana porque persigue una sola cosa —el pulso del club— y la sostiene de «Burning Heart» a «Amalfi Coast»; la cara Day quiere ser muchas cosas a la vez y por eso tropieza en sus tramos medios. Entre veinticuatro canciones, el oyente aprende pronto a distinguir la que empuja de la que solo acompaña.
Aun así, hay hallazgos en ambas orillas: «Blue Skies» salva el argumento orgánico de la mitad diurna y «Something Tragic» muestra que Jepsen escribe rencor mejor que celebración. Un disco que enamora de a ratos y se dispersa en otros, con un oído para el ritmo exacto de las palabras que rara vez la abandona.






