
Veredicto final
Atkins deja atrás el dinamismo rítmico de «Italian Ice» por un disco más orquestal y lento, elegante y cohesionado, que salta de década en década sin descoserse. La producción vintage de Sansone y la voz de Atkins sostienen el hilo, y el dueto con Isaak de «Cue the Symphony» y el soul de Memphis de «For No One» son de lo mejor que ha grabado. Lo que falla es el pulso, más quieto que el del disco anterior, y un par de invitados que a ratos le roban el foco a la voz que es su mayor virtud.
El disco más elegante y cohesionado de Nicole Atkins viaja por décadas sin descoserse gracias a su voz, aunque su pulso resulta más quieto que el anterior.
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Por Abe Saca — 25 de septiembre de 2026
Un disco retro que cambia de década canción a canción
Nicole Atkins vuelve con «Drama», su séptimo álbum y el primero en más de cinco años desde «Italian Ice» (2021). El cambio de contexto pesa: es su estreno en Sun Records, adonde llegó de la mano de Chris Isaak, que tras girar con ella la fichó para su propio sello Wicked Game. El disco lo produce Pat Sansone, de Wilco, y lo grabaron casi en vivo, en cuatro días en Nashville, con la banda de gira de Atkins —el guitarrista John Paul Keith, el baterista Danny Banks— reforzada por Eric Slick a la batería y Dan Creamer, de The Texas Gentlemen. Esa premura explica buena parte de lo que suena aquí: una banda tocando junta, con Sansone tirando de un vintage que mira sin disimulo a Brian Wilson y a Phil Spector.
Atkins dijo que no busca recrear una época sino tomar lo que le gusta melódicamente del pasado y hacerlo sonar a ella. El disco cumple esa idea al viajar por décadas sin quedarse en ninguna. «Trippin’ on Teardrops» abre con guitarras brillantes y timbales que remiten a los grupos de chicas de los sesenta, con trompas que empujan al modo Bacharach hasta un estribillo de color pop. El segundo sencillo, «Singing in the Mirror», se va a los ochenta con sintetizadores masivos y coristas de fondo, sobre una letra que busca identidad. Y «For No One» cambia de coordenadas otra vez hacia el soul de Memphis, con vientos y actitud y una interpolación marcada de «You Know I’m No Good» de Amy Winehouse. El disco funciona porque esos saltos no suenan a colección de disfraces: la escritura de acordes complejos de Atkins y su voz sostienen el hilo.
Los duetos, y qué hacen con la voz de Atkins
El corazón de «Drama» está en dos duetos. «Cue the Symphony» pone a Chris Isaak en un registro contenido cerca de Orbison, con cuerdas y guitarra en punteo por debajo de las dos voces y una tensión que se acerca al estallido sin llegar; es lo más logrado del disco, un noir cinematográfico donde el diálogo melancólico entre ambos hace todo el trabajo. «Curtain Call» trae al escocés Davey Horne, cuya voz recuerda al Alex Turner crooner, sobre cuerdas giratorias y riffs de guitarra. Los invitados suman, pero no siempre a favor: tanto Horne como Isaak pueden desviar la atención de la voz de Atkins, lo mejor que tiene el disco.
El resto se mueve entre aciertos claros y momentos de piloto automático. «When the Night Falls» —primer sencillo, con videoclip de Emery Dobyns filmado en Nashville— crece en un crescendo lento con resonancias de Fleetwood Mac; Atkins contó que la escribió con Dobyns a partir de unos acordes que le recordaban a «Neptune City», conectando el amor tóxico de entonces con quién es ahora. Esa conexión con su debut de 2007 vuelve en «Danny», rock y soul pulsante que cruza el noir de James Bond con Stevie Nicks, y que podría haber figurado en aquel primer disco. El cierre da un giro: «Softly, As You Were» abandona el aparato orquestal por una bossa nova de salón que Sansone va despojando hasta dejar la voz sola, cálida e íntima, entre Sinatra y Dusty Springfield.
Donde el disco pierde fuelle es en el pulso. «Drama» apuesta por lo orquestal y lo lento, y se echa en falta el dinamismo rítmico de «Italian Ice»; frente a la chispa que sí tienen «Trippin’ on Teardrops» o «For No One», el gesto retro a ratos cumple sin encender. Es una carencia menor, pero cambia el carácter del álbum respecto al anterior.
Es el disco más elegante y cohesionado de Atkins, y el que mejor aprovecha una voz que sostiene los saltos de década sin descoserse: «Cue the Symphony» y «For No One» son de lo mejor que ha grabado, y el cierre en bossa nova prueba que sabe apostar por la contención cuando conviene. El precio es un pulso más quieto que el de «Italian Ice», con un par de invitados que a ratos le roban el foco. Le sienta la ambición y el sello nuevo la deja parada donde debía estar.






