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Alabama Shakes – I Must Be Dreaming
7.5
Reseña de álbum

I Must Be Dreaming

por Alabama Shakes · 28 de agosto de 2026
Puntuación7.5 / 10

Veredicto final

7.5

Una década después de su disco más premiado, Alabama Shakes vuelve con un soul psicodélico que se juega la reinvención sin renegar de su origen. Cuando el arreglo deja respirar a la voz de Howard, el grupo alcanza lo mejor de su carrera. La protesta política, en cambio, se enfría justo donde tendría que quemar: está toda escrita y le falta el golpe. Un regreso que convence más por su intimidad que por su rabia, y que deja al grupo firme aunque un paso corto de su ambición.

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Un regreso que suena mejor cuando calla que cuando denuncia: la protesta se enfría justo donde tendría que arder.

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Por Abe Saca — 12 de septiembre de 2026

Once años después de Sound & Color, un EP de tres canciones creció hasta un álbum completo

«I Must Be Dreaming», el tercer álbum de Alabama Shakes editado por Limestone Listening Club, LLC en 2026, reúne a Brittany Howard, Zac Cockrell y Heath Fogg tras once años de silencio y obtiene 7.5 puntos en una escala de diez con un soul que respira mejor de lo que grita. Sound & Color había ganado cuatro Grammys en 2015 y detrás vino un vacío: entre 2017 y 2025 no hubo material ni giras, y Howard contó al Guardian que el hiato fue una forma de no arruinar lo construido. La vuelta empezó por accidente, en un concierto benéfico en Tuscaloosa que iba a ser un EP de tres canciones y creció hasta once. El disco carga entonces con dos ambiciones difíciles de sostener juntas: la intimidad de quienes vuelven a tocar por gusto y el peso de un país en crisis que Howard decide enfrentar de frente.

Shawn Everett vuelve a poner la voz de Howard en el centro, entre el espacio y el amontonamiento

Everett, que ya había producido Sound & Color, coloca la voz de Howard en el centro y trabaja el resto como si fuera aire alrededor. Cuando deja lugar, el disco encuentra su mejor forma. «Garden» se mueve en un compás de 6/8 y los instrumentos sostienen melodías propias sin apilarse uno sobre otro, y esa independencia crea el espacio donde la voz manda. «Waist Deep» sube un piano eléctrico crujiente en semitonos mientras las acústicas abren hueco, y ahí aparece un floreo de guitarra difuminada que uno quisiera oír más seguido.

El otro Everett es el que amontona. «Time» flota como un viaje espacial durante cinco minutos y termina en una cacofonía de relojes que tican, rellenos de batería y guitarras que empujan: la ambición se oye y llega a destino. «Tea Time» abre con un bajo caminante espeso y flautas psicodélicas, pero merodea demasiado a medida que su color se va acumulando, y lo que gana en pintura de estudio lo pierde en dirección. El mismo instinto que hace despegar a «Time» es el que deja a la apertura girando en el lugar.

Baladas de amor que sostienen frente a una protesta política que suena demasiado contenida

El disco parte en dos aguas. Las canciones de amor son las que sostienen. «Easy» describe descubrir que la alegría puede ser algo silencioso, con la repetición de una frase en el coro que la batería oscilante de los versos vuelve a resolver. «Garden» usa la analogía de regar un jardín y las estaciones para decir que una relación exige atención constante, y funciona casi como continuación de aquel primer álbum de 2012.

La protesta es más disputada. «I Feel Hope Coming», elegida como adelanto, pide aire limpio, trabajo y vivienda y se opone a la ley marcial sin dejar que la frustración caiga en el nihilismo. Es cálida, pero esa calidez la deja peligrosamente cerca de una música de campaña. «American Dream» enumera reforma de armas, aborto y clima sobre una batería pantanosa, y el coro que da título al disco juega con soñar como aspiración y como incredulidad. La denuncia está toda escrita; lo que le falta es el golpe que el texto promete y la música contiene.

Canciones clave

«Garden» — Un crooner sombrío de dormitorio con ecos del soul sedoso de Chi-Lites o The Whispers, en 6/8, donde cada instrumento sostiene su propia línea sin construirse sobre el vecino. La letra riega un jardín como metáfora de una relación que exige cuidado. Es el punto donde el disco respira y la voz de Howard queda al frente, sin nada que la tape. Ahí está lo que este regreso hace mejor: intimidad antes que volumen.

«Time» — Cinco minutos que flotan como una nave hasta que Fogg apila guitarras y el final erupciona en un desenlace caótico casi a escala de un cierre beatle. La letra habla del tiempo que se acelera y de compartirlo con los que uno ama. Es el maximalismo de Everett cuando sirve al tema en lugar de asfixiarlo: la ambición encuentra melodía mientras construye, y por eso llega a destino donde la apertura se queda merodeando.

«American Dream» — Lenta condena incandescente: Howard enumera salarios miserables y abundancia de armas sobre una batería que parece resistir el desastre que viene, con una psicodelia esquelética que evoca al Curtis Mayfield temprano. El coro que da nombre al álbum abre su doble sentido. Aquí se juega el número: la escritura es explícita y la música contenida, y esa contención le quita la fuerza que la denuncia pide a gritos.

«Tied To You» devuelve el disco al territorio nebuloso del inicio con un último solo de Fogg

La distancia entre lo que este disco logra y lo que promete cabe en una decisión: cuándo callar y cuándo subir. En «Garden», «Easy» y «Waist Deep», donde el arreglo deja aire, Alabama Shakes suena tan afectante como en su mejor momento. En las canciones de denuncia, la misma delicadeza que sostiene las baladas ablanda el filo justo cuando haría falta clavarlo.

«Tied To You» cierra devolviendo al oyente al territorio nebuloso del inicio, con un fundido lento y un último solo de Fogg que crece con las escuchas más que a primera impresión. El regreso importa por lo que arriesga; el número lo fija por lo que no termina de arriesgar.

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