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Alabama Shakes – I Must Be Dreaming
7.5
Reseña de álbum

I Must Be Dreaming

por Alabama Shakes · 28 de agosto de 2026
Puntuación7.5 / 10

Veredicto final

7.5

El regreso de los de Athens tras once años cambia el fuego del rhythm and blues por un pulso lento y respirado. Ese cambio le sienta a las baladas de vínculo, donde Howard escribe desde el cansancio y la reconstrucción, y les da un terreno creíble. Pero la misma calma deja sin puño a los temas de protesta: cuando la letra reclama, el arreglo se queda atrás. Un reencuentro que hace bien la mitad de lo que se propone.

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El tempo bajo que le sienta a las baladas de Alabama Shakes deja la protesta sin fuerza cuando el disco más la necesita.

Por Abe Saca — 28 de agosto de 2026

Once años separan este disco del anterior y del debut solista de Howard

«I Must Be Dreaming» es el tercer álbum de estudio de Alabama Shakes, editado por Limestone Listening Club en 2026, y trabaja como un disco que se construye despacio en lugar de golpear de entrada; obtiene 7.5 puntos en una escala de diez. La expectativa no era menor: entre este disco y su anterior larga duración pasaron once años, una pausa larga y el debut solista de Brittany Howard. Ella misma le dijo al Guardian que el receso fue una cuestión de autopreservación frente al agotamiento, que estaban en peligro de arruinar lo que tenían. Ese origen explica el tono del regreso: no vuelven a buscar la descarga eléctrica de sus inicios, sino un lugar más calmo y respirado. El problema es qué gana y qué pierde una banda de este voltaje cuando decide bajar el fuego.

El pulso lento le sienta a las baladas y le queda corto a la protesta

El giro más audible es de temperatura. Donde antes la banda encendía el rhythm and blues hasta el borde de la distorsión, acá el pulso se afloja y las canciones se dejan estar. «Garden» se sostiene sobre una guitarra flotante y una voz que no fuerza nada, y esa quietud marca el tono de buena parte del disco.

No todo se queda en esa zona baja. «How Love’s Supposed To Go» reintroduce el fuego eléctrico que la banda parecía haber archivado, y el contraste con las canciones más flotantes es tan brusco que confirma cuánto renunció el resto del álbum a esa intensidad. El recorrido va de un extremo al otro sin que el cambio se sienta como un tirón, aunque tampoco termina de decidir en qué registro quiere vivir.

El defecto aparece cuando ese pulso lento se cruza con la intención de protesta. En los momentos donde la letra levanta la voz contra el estado del país, el arreglo apacible se queda atrás en lugar de empujar: cuando Howard reclama, la música ronronea. La misma decisión que vuelve creíbles a las baladas le quita nervio a los temas que pedían agarre.

La escritura oscila entre la ternura del vínculo y la rabia política

Howard escribe desde el cansancio y la reconstrucción, y eso encaja con el pulso general. Las canciones que hablan de vínculos —de sostener a alguien, de volver a confiar— encuentran en la calma su terreno natural, y ahí la escritura respira sin forzar la emoción.

El desajuste llega con lo político. El disco quiere ser también un comentario sobre el sueño americano y su reverso, pero el marco sonoro elegido para decirlo trabaja en contra: cuando la letra denuncia, la música se relaja, y el mensaje pasa de largo cuando debería golpear. Es a favor de la banda que haya intentado algo distinto, no un remedo de sus discos anteriores; el mérito no anula que el vehículo elegido no es el mejor para lo que quiere gritar.

Ese desacople es la tensión central del álbum: una escritura que oscila entre la ternura y la rabia, sobre un fondo que solo sabe acompañar bien a la primera.

Canciones clave

«Garden» — Es el ejemplo más claro de la nueva temperatura: una guitarra flotante, una voz contenida, ninguna urgencia. Prueba que la banda puede sostener una canción sin recurrir a la descarga, y que en el terreno de la ternura el pulso lento no le resta, le suma. Acá la decisión de bajar el fuego funciona porque la canción no pide otra cosa.

«How Love’s Supposed To Go» — El tema que reintroduce el fuego eléctrico y, por contraste, delata lo que el resto del disco dejó afuera. Cuando la guitarra vuelve a arder, uno recuerda de qué es capaz esta banda cuando aprieta. Sirve como argumento a favor del giro y en contra a la vez: demuestra que la intensidad no se perdió, sino que se guardó.

«American Dream» — Donde el desajuste entre mensaje y música se vuelve más evidente. La canción quiere ser el comentario político del álbum, pero el arreglo apacible la deja sin puño: la voz reclama y el fondo ronronea. Es la mejor prueba de la tesis, porque es el punto exacto en que la calma que sostiene las baladas le queda corta a la protesta.

«American Dream» delata el desajuste entre mensaje y música

«I Must Be Dreaming» es un regreso fiel a su propio origen: una banda que necesitó parar para no arruinarse vuelve a un lugar más respirado, y en las canciones de vínculo eso da resultados que valen la pena. «Garden» y buena parte del tramo más calmo justifican el cambio de temperatura.

El límite está en que el mismo pulso que sostiene las baladas deja sin fuerza a la protesta, y «American Dream» lo muestra sin vueltas. Es un disco que hace bien lo que se propuso en la mitad de sus canciones y se queda a mitad de camino en la otra. Para quien siga a Alabama Shakes por el fuego eléctrico de sus inicios, el reencuentro será más raro que satisfactorio; para quien busque una versión más quieta y adulta de la banda, hay bastante acá.

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