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Ed O’Brien – Blue Morpho
8.0
Reseña de álbum

Blue Morpho

por Ed O’Brien · 22 de mayo de 2026
Puntuación8.0 / 10

Veredicto final

8.0

El proyecto solista de O'Brien encuentra por fin un terreno propio, lejos del ejercicio de géneros de su debut. Lo mejor pasa cuando la voz se aparta y la orquestación, los quiebres eléctricos y el desborde final llevan la narración de la depresión a la salida. La letra no siempre alcanza a lo que suena, y el bloque de interludios dilata el impulso, pero el arco completo lo deja parado como un músico que ya no necesita el paraguas de la banda madre.

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Lo que hace que este disco camine no es la voz de O’Brien: es todo lo que suena alrededor de ella cuando la voz se aparta.

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Por Abe Saca — 22 de mayo de 2026

Grabado entre un estudio en Gales y The Church de Londres tras un encierro que O’Brien describió como una espiral oscura

«Blue Morpho», de Ed O’Brien, editado por Transgressive Records en 2026, ordena una depresión de encierro en un arco que va del susurro acústico al estruendo floydiano, y obtiene 8 puntos en una escala de diez. El disco viene con una carga incómoda: O’Brien es el guitarrista de Radiohead, y cualquier cosa que firme se lee contra esa sombra antes de sonar. Su debut como EOB, aquel Earth (2020), quedó sin promoción por la pandemia y él mismo terminó reconociéndole defectos. Acá el problema es distinto. O’Brien atravesó, según contó a Consequence, una espiral hacia un lugar oscuro durante el segundo confinamiento, y decidió grabar desde ahí, entre su estudio en Gales y The Church, en Londres. El riesgo era el de todo disco de curación: quedarse en la terapia y olvidarse de la música. No pasa.

Epworth cruza las cuerdas de la Orquesta de Cámara de Tallin con quiebres de trip-hop y un cierre floydiano

La primera decisión que se oye es la de correr la voz del centro. En «Incantations», casi ocho minutos que abren con grabaciones de pájaros del bosque galés, la guitarra en fingerpicking de Dave Okumu titila mientras el canto queda bajo en la mezcla, y la pieza va sumando pandereta, coros y percusión ritual hasta un motorik repentino que la empuja fuera de sí misma. Ese gesto —la voz como un instrumento más, nunca como el que manda— define casi todo el disco, y es lo que lo salva de sonar a diario personal.

Sobre ese lecho, Epworth deja entrar dos elementos que no suelen convivir. Uno son las cuerdas que Tõnu Kõrvits escribió para la Orquesta de Cámara de Tallin: en «Blue Morpho» levantan una nana terrenal hasta algo que flota, y en «Sweet Spot» entran a mitad de tema y vuelven el aire ominoso justo cuando la guitarra parecía apacible. El otro son los quiebres eléctricos: «Teachers» arranca con el ritmo pulsante de Yves Fernandez y Dan See, mete la voz distorsionada y una guitarra desatada de Okumu, y pasa de fiesta a película de terror sin aviso.

El costado más discutible es el bloque central. «Solfeggio», con su denso techo de sintetizadores, y «Thin Places», sostenida por la flauta de Shabaka Hutchings, funcionan como respiro antes del final. Puestas una tras otra, sin embargo, frenan el impulso que «Teachers» había levantado: son dos calmas seguidas donde una habría bastado, y el disco tarda en recuperar el paso.

El descenso a mitad de vida se apoya en Dante y una noche de hongos en Dartmoor

La escritura de O’Brien parte de un lugar concreto: haberse perdido a mitad de la vida. En «Incantations» habla del terror de los recuerdos de infancia que vuelven, y en «Teachers» —nacida, contó, de una noche con hongos en Dartmoor— apoya esa pérdida en los versos iniciales del Infierno de Dante. No es autocompasión: es alguien narrando un descenso mientras busca dónde aterrizar.

El problema es que esa escritura no siempre está a la altura de lo que suena a su lado. Cuando «Sweet Spot» canta enigmáticamente sobre rayos, la letra existe más para calibrar la entrada de las cuerdas que para decir algo por sí misma, y en los dos instrumentales el texto desaparece. La voz baja en la mezcla acentúa el efecto: entendés el sentimiento antes que las palabras. El cierre lo corrige: en «Obrigado», una plegaria de gracias, los días soleados que canta encuentran su equivalente en el ritmo tropical de la primera mitad, y el desborde final los desmiente y los confirma a la vez.

Canciones clave

«Incantations» — La apertura larga fija el método antes que el disco lo repita. Sobre pájaros grabados en Gales, el fingerpicking de Okumu titila y va sumando pandereta, coros desconectados en significado pero unidos en clima, y una percusión que se vuelve ritual. La voz apenas asoma. Cerca de los cinco minutos y medio llega el clímax en nube, y de golpe un motorik la arranca de la contemplación. Ocho minutos que trazan el viaje de la depresión al mundo activo sin decirlo con palabras.

«Teachers» — El corte que rompe el disco por la mitad. El bajo se tambalea lo justo para dejar al oyente desequilibrado, la voz distorsionada imita a un Bono de otra época y las armonías de Eska tiran contra el ritmo en vez de suavizarlo. El ambiente pasa de disco de baile a terror con una oleada de sonidos inquietantes. Es el momento donde la valentía anunciada deja de ser gesto: aquí el folk se desmonta y algo más nervioso ocupa su lugar.

«Obrigado» — Cierre de casi diez minutos que reúne todos los mundos del disco en un arco. Empieza en territorio neo-soul al modo de Sault, con batería de Selway suelta y coros soleados, se reduce a lavados de sintetizador y emerge en un tramo final de esplendor floydiano: un solo de Okumu al estilo Gilmour y la voz lejana de Eska desatada. La referencia es descarada, pero el viaje personal la hace coherente. Rompe la angustia sostenida del álbum y la resuelve.

«Obrigado» reúne neo-soul, chillwave y un solo tipo Gilmour en casi diez minutos

La nota que le ponemos coincide casi al centímetro con lo que promedió la crítica, y el motivo no es tibieza sino acuerdo sobre dónde está la fuerza. «Blue Morpho» funciona cuando O’Brien deja que la instrumentación piense por él: la voz corrida, las cuerdas de Kõrvits, los quiebres de Okumu. El punto flojo está donde la letra pide protagonismo y no lo sostiene, como en «Sweet Spot», que vale más por cómo entra la orquesta que por lo que dice.

Contra el debut, esto es otra cosa: un disco que se sostiene solo, más allá del apellido que lo persigue. No todo cierra —el par de instrumentales del medio dilata más de lo necesario—, pero el descenso y la salida están narrados con oído. O’Brien encontró belleza en la oscuridad sin quedarse a vivir en ella.

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