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Blondshell – Violins
8.0
Reseña de álbum

Violins

por Blondshell · 25 de septiembre de 2026
Puntuación8.0 / 10

Veredicto final

8.0

El tercer disco de Blondshell llega con prisa y con una escritura más abstracta que la franqueza quirúrgica de sus dos anteriores, sin perder el rock noventero de raíz grunge que produce Rothman. Lo mejor es cuando el groove pesado que buscaba se cumple: el bajo distorsionado del primer sencillo y el fuzz al frente de «New Age Trojan Horse» empujan tan fuerte como la letra. El precio es un puñado de baladas que se colaron solas y a veces se quedan quietas sin llegar a decir lo suficiente.

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El tercer disco de Blondshell suena más ambicioso y menos literal, y funciona porque el músculo rockero aguanta aunque algunas baladas se queden a medias.

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Por Abe Saca — 25 de septiembre de 2026

Blondshell —el proyecto de Sabrina Teitelbaum— llega a su tercer disco con una prisa poco habitual: Violins sale menos de dieciocho meses después de If You Asked For A Picture. Teitelbaum cuenta que no planeaba grabar tan pronto, que las canciones se le fueron juntando durante una gira larga, y que la intención era un disco de grooves pesados y sin baladas. Las baladas se colaron igual, y esa tensión entre lo que quería hacer y lo que terminó saliendo recorre el álbum entero, casi siempre a favor.

Yves Rothman, que ya trabajó con Teitelbaum antes, vuelve a producir, y mantiene a Blondshell donde siempre estuvo: el rock alternativo noventero de raíz grunge, guitarras sucias, dinámicas de calma y estallido. Lo que cambia es la letra. Teitelbaum abandona la franqueza quirúrgica con la que diseccionaba las malas relaciones románticas —lo llamó dejar atrás ese «velo»— y escribe más abstracto, más abierto. Ella misma describe su escritura como «menos literal». El riesgo estaba en que el rodeo poético diluyera lo que la hizo escuchable, la puntería del detalle. No pasa: cuando afila, sigue cortando.

Lo mejor del disco es cuando el groove pesado que buscaba se cumple. «Heart Has To Work So Hard», el primer sencillo, arranca con un bajo distorsionado y oscilante y desmonta una amistad femenina con imágenes de persecución sangrienta y un corazón errático; la segunda estrofa es donde más aprieta. «New Age Trojan Horse» trae el mejor groove del álbum, bajo y batería con fuzz al frente y un corte ochentero de boombox, para ironizar sobre el hombre que compra vinilos «para mantener vivo el álbum» pero no tolera el cuerpo femenino como es. Es Teitelbaum en su registro más directo, y funciona porque el ritmo empuja tan fuerte como la letra.

«Violins», la que da título al disco, condensa el juego de palabras del que sale todo: «violins» y «violence», gestos de amabilidad que se tuercen. Empieza con rasgueo suave de acústica y eléctrica y se va rompiendo en riffs más duros hasta terminar en una sola nota aguda, con el coro sobredistorsionado. Ese arco —de la contención al estallido— es la estructura que Teitelbaum repite y que le sale mejor.

El disco también se abre de temas. «Sea Legs» cita por su nombre a Leonard Cohen y busca lo sagrado en lo cotidiano entre texturas de sintetizador; es su lado más onírico, y aunque el gesto es hermoso, es donde la abstracción pesa más que la canción. «Two Fried», coescrita con Samia, es de lo más luminoso: tono country alegre, guitarras que recuerdan a Wolf Alice, una letra sobre sentirse bien en el propio cuerpo. Y «Stone Fruit» —que Teitelbaum describe como una canción sobre un amor nuevo y grande, más un sentimiento que una historia— cruza riffs gruesos con un solo de guitarra sobre una letra que habla de adherirse a alguien como un coágulo. La incomodidad es deliberada, y le sienta.

Las baladas que se colaron son las que más dividen. «Lucky» monta sobre piano una gratitud dicha con la sonrisa apretada, entre la calma de la gira y el horror del ciclo de noticias; el contraste entre lo luminoso y lo trágico es todo el punto. «New Shape» y «Knotted» apuestan por la voz expuesta y el tempo bajo, y ahí Blondshell corre el riesgo de quedarse quieta sin llegar a decir lo suficiente. «Reinstall», en cambio, arranca en piano y crece hasta un rock visceral, con capas vocales en dueto que retratan una amistad rota, y sostiene la desnudez con estructura.

«Fur Elise» cierra abriendo con la palabra «enough», dejando el romance atrás para volver a imaginar un futuro caótico, sobre la dinámica fuerte-suave-fuerte que atraviesa el disco. Es un final de peso, aunque no todo el mundo lo oiga igual: se le puede reprochar que la partitura melodramática no termine de despegar. La voz de Teitelbaum sí llega a su punto más alto ahí, mezclando su crooning en bruto con notas limpias.

Violins deja a Blondshell más ambiciosa y menos literal que en sus dos discos anteriores, y esa apuesta le sale porque el músculo rockero —«Heart Has To Work So Hard», «New Age Trojan Horse», el arco de la canción titular— no cede terreno cuando la letra se vuelve más borrosa. El precio es un puñado de baladas que se colaron por su cuenta y que a veces se quedan mirando el techo. Es su disco donde más cosas intenta a la vez, y donde casi todas le funcionan.

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