
Veredicto final
Fontaines D.C. empuja hasta el final lo que empezó en Romance y deja atrás su sonido irlandés: guitarra punk tapada por sintetizadores, batería apagada y cuerdas, con James Ford de nuevo a la producción. El disco brilla cuando esa frialdad arrastra una buena melodía pop, como el bajo a lo New Order de «Mimesis» o el dúo grave de Rosalía en «Where Is Gone?». Falla cuando la máquina no encuentra canción que la sostenga: el estribillo de «One Man» se repite hasta cansar y la voz de Chatten se queda corta frente a lo que el arreglo pide.
El quinto disco de Fontaines D.C. cambia la guitarra punk por electrónica fría y cuerdas, y logra un retrato cohesivo de la distopía digital que aguanta casi entero.
Por Abe Saca — 15 de octubre de 2026
El péndulo que se fue hacia la máquina
Siete años después de Dogrel, Fontaines D.C. ya no suena a banda irlandesa. No es una metáfora: Grian Chatten cambió los coloquialismos de Dublín por un lenguaje más amplio y, según contó, quería un disco más «corrompido» que Romance. Dopamine Chamber, el quinto, lleva esa idea hasta el final. James Ford repite como productor desde Romance, y el salto no es de grado sino de materia: la guitarra punk de los primeros discos queda enterrada bajo capas de síntesis, electrónica entrecortada y cuerdas.
«Six Shot Morning» abre marcando el territorio. Un sintetizador neblinoso se derrama sobre una batería apagada y la voz de Chatten entra casi fantasmal, bañada en reverb, hasta que un grito de «always» dispara el tempo hacia una ola de sintetizador opulento con algo audiblemente torcido debajo. La letra es una pesadilla de scroll digital, y la música contradice a propósito la idea de un mundo hermoso: ese choque —paleta mecánica contra emoción humana— es el motor del disco entero. Chatten y la banda contaron que movieron el péndulo desde lo más humano de su sonido hacia extremos sintéticos, y se nota en cada decisión.
Lo mejor pasa cuando esa frialdad arrastra una melodía pop de verdad. «Mimesis» monta un riff de bajo calcado del estilo de Peter Hook y New Order, con destellos helados de sintetizador que empujan una letra sobre el deseo que muta en obsesión; es el corte pop más limpio del disco. «Marianne» enfrenta cuerdas de aire Lana Del Rey a sintetizadores ochenteros, con batería nítida y un bajo que ancla la pista antes de que todo derive en remolino. Y «Where Is Gone?» trae a Rosalía —primera colaboración externa en un disco de estudio del grupo—, que canta en registro grave, lejos de lo operístico, en un dúo que se turna los versos y termina en una nota ominosa. Tiene el arco expansivo de un tema de Bond sin el gesto de single: nadie buscó aquí el banger de estadio.
Donde asoma la guitarra vieja
El pasado rockero del grupo no desaparece del todo, solo cambia de ropa. «Happy For You» es el momento más visceral: tono de guitarra oscuro y la batería metronómica de Tom Coll sostienen una fachada tranquila mientras la letra revela a un narrador que raya el coche y roba perlas, hasta que la banda estalla en un frenesí y Chatten arrastra con sarcasmo la palabra que jura algo; dos notas disonantes cierran el corte. «Tongue» lleva su voz a un recitado cercano al rap —terreno nuevo para él— sobre batería trip-hop, con una línea de piano que irrumpe de golpe y un clímax de guitarra extrema. En «Demolition», Chatten canta como un Liam Gallagher retorcido, invitando a acercarse a su espectáculo de horror. Son guiños a lo que fueron, trabajados bajo sintetizadores sombríos.
El tramo acústico es el respiro. «Japan» flota con guitarra cálida y una batería relajada, narrando una relación de una sola dirección con una ingravidez casi cómica en su desequilibrio. «You Miss Me» saca el manual de Robert Smith: un verso en la sombra que se abre en un coro florido, con cuerdas que bastan para que Romance suene delgado al lado.
El hombre solo que se repite
No todo sostiene la tensión. «One Man» da título al disco y enuncia su misión —la cámara de dopamina como intento de matar un dolor que, una vez nombrado, no se puede esquivar—, pero el estribillo que insiste en ser solo un hombre se repite hasta volverse monótono, y la voz de Chatten, sin variedad, se queda corta frente a lo que el arreglo promete. Es un problema que asoma también en los pasajes donde la paleta fría no encuentra melodía que la justifique. «Intimate» cierra haciendo espejo de la apertura —síntesis neón, la bruma que desciende mientras Deegan y Chatten repiten que mueren hasta darse por muertos— y condensa el argumento: las ruinas del sueño humano, bonitas en la escena final, convertidas en algo que se mira en una pantalla.
El disco crece escuchado de corrido, no por cortes sueltos, y esa es a la vez su virtud y su límite: no hay un pico único que supere lo mejor de Romance, pero tampoco lo necesita. Lo que logra es más difícil: convertir la distopía digital en un sonido cohesivo donde el bajo de «Mimesis», el estallido de «Happy For You» y el dúo seco con Rosalía tiran en la misma dirección sin repetirse. Fontaines apostó por la rareza antes que por el oyente nuevo, y la apuesta aguanta de pie casi todo el camino.






