
Veredicto final
The Tubs llegan a su debut en un sello nuevo con la fórmula intacta: jangle, violín y humor amargo al servicio de canciones de desamor que se hunden rápido y aguantan repetición. La banda está en gran forma y la escritura de Williams corta hondo. El disco tropieza con una decisión vocal recurrente que desinfla varios momentos que serían impecables, y por eso queda un escalón por debajo de lo que su mejor material promete. Un gran disco con un truco que a veces sale caro.
La fórmula del jangle y el violín rinde casi siempre, pero un recurso vocal recurrente lastra lo que de otro modo sería impecable.
Por Abe Saca — 18 de septiembre de 2026
Hard Life es el debut de The Tubs en Merge Records tras un Cotton Crown que quedó en listas de 2025
«Hard Life», de The Tubs, editado por Merge Records en 2026, ordena la miseria en melodías que casi nunca dejan de tintinear y obtiene 7.5 puntos en una escala de diez. La banda llegaba de Cotton Crown (2025), un disco escrito en el duelo que terminó en varias listas de fin de año, y ahora firma su debut en un sello nuevo. En el medio perdió a su guitarrista fundador, George Nicholls, reemplazado por Dan Lucas. El problema que enfrenta aquí no es sonar bien: eso lo tienen resuelto. Es sostener doce canciones con la misma fórmula —guitarras entrelazadas, violín, humor amargo— sin que el truco se note demasiado. Williams contó a Treblezine que le interesa cómo la paciencia ante el sufrimiento siempre se agota, y aclaró que son sobre todo canciones pop. Ese doble filo es exactamente lo que el disco pone en juego.
El violín de Chris Haigh y la voz acelerada a tono caricaturesco tiran en direcciones opuestas
El sonido de la casa se construye sobre guitarras que se enredan sin chocar y un violín que corta por encima. Sam Ayres y Rachel Kenedy grabaron y mezclaron todo en su estudio de Londres, y la mezcla deja cada línea separada dentro de una densidad que en «Hard Life» arranca casi discordante, con la batería de Taylor Stewart irrumpiendo sobre un teclado que imita la textura de una mandolina. Haigh es el elemento que distingue a la banda: en «Stoop to Me» su violín espeja la melodía vocal sobre una guitarra a trompicones, y en «In Your Place» extrae solos rotundos que sostienen cinco minutos y medio de arpegios en espiral.
Lo que admira en «In Your Place» —esa torre geométrica de una sola estrofa que se repite hasta reconstruirse tras un derrumbe central— es la misma insistencia que en otros pasajes se vuelve monótona. La banda sabe habitar registros ajenos: «Do Yourself a Favor», adaptación de un descarte de Prince reducido a la mitad, es la única excursión al synth-pop del disco, con un teclado deliberadamente cursi que la banda toca con convicción antes de salir a los 4:09.
El punto de fricción es una elección propia que reaparece: la voz de Williams acelerada a una frecuencia caricaturesca. En «Heaven or London», sobre una guitarra al rojo en los interludios, ese timbre de helio interrumpe un coro que McArdle y Williams cantan con resolución, y le quita peso a lo que la letra necesita cargar.
Williams amplifica su autoodio y tuerce el sentido de las canciones sobre el final
Williams escribe desamor y autodenigración con una crueldad que se ríe de sí misma. Le dijo a The Guardian que amplifica su autoodio y se pinta más antipático de lo que es, y el disco vive de esa distancia cómica. En «Hard Life» confronta a un quejoso de bar con un primer dístico demoledor sobre el olor a loción de afeitar y la inutilidad; en «Who’s Gonna Love You Now?» increpa con incredulidad a alguien decidido a mudarse a Londres, y el título aprieta como reto antes que como duda.
El costado más interesante es cuando la letra tuerce el sentido a último momento. «Heaven or London» monta una autodenigración extrema que una revelación posterior recontextualiza entera, y «As Long as You Leave» cierra volviendo envenenada una ternura que parecía sincera, con Williams cantando por una vez desde los ojos de una mujer. «The Way It Goes» pondera el regreso a Estados Unidos con hartazgo y voz dolorida, mientras «Didn’t I Say?» oscila entre el sarcasmo sobre el amor como estafa y una sinceridad imposible de descifrar.
Canciones clave
«Stoop to Me» — El violín de Haigh toma un papel protagónico sobre una guitarra eléctrica a trompicones, y la melodía vocal dulce lo espeja mientras la letra rumia sobre querer ser amado sin abandonar la pose. La instrumentación combinada evoca casi una fanfarria de metales. Aquí la banda va hacia el folk sin bajar la contundencia: pega tan fuerte como las canciones aceleradas, y sin ningún truco vocal.
«Do Yourself a Favor» — La versión del descarte de Prince es donde la banda se sale de su propio mapa. Un patrón de batería desplazado abre la pieza, un teclado insistente la recorre con tono brillante y el pulso muestra que The Tubs pueden habitar Minneapolis con convicción. Su sola existencia en un disco de jangle es un chiste bien ejecutado sobre el orgullo tras la ruptura. La canción respira limpia justo donde no aparece la voz acelerada.
«Heaven or London» — El momento más cercano al punk del álbum: enérgico, trepidante, con un bajo agudo como barómetro de la tensión. El coro se cree el clímax hasta que llega el verdadero. Pero aquí aparece la voz elevada a niveles de helio, y ese timbre le resta a la resolución que McArdle y Williams cantan sin dudas. La canción prepara un estallido que su propio recurso vocal termina desinflando.
La melodía casi nunca cede, incluso cuando el truco vocal sale caro
Hard Life hace lo que la banda sabe hacer y lo hace casi siempre bien: melodías luminosas al servicio de letras devastadoras, con Haigh y McArdle elevando los momentos más hondos. Cuando el disco confía en la guitarra y el violín —«Now and Then» llega a su gancho principal en menos de trece segundos— no hay nada que objetar.
El límite es una decisión propia. La voz acelerada a tono caricaturesco, celebrada por unos y detestada por otros, aparece en varios pasajes que serían impecables y les quita el peso emocional que la escritura reclama. No es un disco fechado ni un calco de una era pasada: es una banda en gran forma que insiste en un chiste que a veces sale caro. Lo que salva la balanza es que, incluso ahí, la melodía casi nunca cede.






