
Veredicto final
Tercera vuelta de Beck sobre el folk-rock del duelo, después de Sea Change y Morning Phase, y la más despojada de las tres. Las orquestaciones de su padre y la mezcla de Godrich sostienen media docena de canciones que están entre lo mejor de su catálogo reciente. El precio de tanta cohesión es un tramo final que repite gestos y no acelera nunca. Lo deja como un regreso mayor con un techo que él mismo se puso.
El tercer capítulo de la trilogía triste de Beck es también el más quieto, y esa quietud tan cuidada es a la vez su virtud y su techo.
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Por Abe Saca — 18 de septiembre de 2026
Siete años después de Hyperspace, Beck rompe su promesa de no volver al molde de Sea Change
«Ride Lonesome», de Beck, editado por Capitol Records en 2026, recoge el folk-rock sombrío que el artista había dejado dormir y lo lleva hasta su forma más despojada: obtiene 7 puntos en una escala de diez. Venía de Hyperspace (2019), un disco de synth-pop hecho con Pharrell Williams, y antes había jurado que no habría más obras al estilo de Sea Change (2002) o Morning Phase (2014). Rompió su propia promesa. Siete años de silencio, un divorcio en el medio y una serie de conciertos orquestales en el Royal Albert Hall que lo devolvieron a la idea de grabar con orquesta. El desafío no era escribir canciones tristes —eso ya lo domina— sino cerrar una tercera vez el mismo capítulo sin repetirse. El disco casi lo consigue.
Campbell orquesta, Godrich mezcla y los músicos de Sea Change vuelven a tocar
Godrich, el mismo que había mezclado Sea Change, se hizo cargo de la mezcla, y los músicos de aquellas sesiones —Joey Waronker, Justin Meldal-Johnsen, Smokey Hormel, Roger Joseph Manning Jr.— volvieron a tocar. El resultado es un sonido de cámara donde casi nada empuja: guitarra acústica, pedal steel con eco y las cuerdas que Campbell, arreglista de siempre, escribe en clave barroca. En «Ride Lonesome» el pedal steel flota sobre un rasgueo con reverb y ya queda fijado el registro de todo el disco.
Lo mejor pasa cuando las orquestaciones de Campbell dejan de ser fondo y toman el frente. En «In The Night» las cuerdas remiten sin disimulo a Nick Drake, y esa referencia no es un adorno: la partitura carga el peso emocional que la letra apenas insinúa. En «Bleed» las cuerdas suben y bajan alrededor de una voz grabada en varias pistas que arma un coro de ángeles angustiados, y el arreglo entero se planta dentro de los primeros cuarenta y cinco segundos.
Esa misma decisión —el ritmo uniforme, la mano firme que nunca sube el pulso— es la que después cobra su factura. Hacia el final el disco se queda en un solo gesto. «Beyond The Light» vuelve sobre las tormentas, los cielos y la luz que ya recorrieron canciones anteriores, y ahí los motivos empiezan a parecer intercambiables.
Un ciclo sobre el duelo donde alguien conduce solo de madrugada una y otra vez
El disco es un ciclo sobre pérdida, duelo y la aceptación que llega después. La escena vuelve una y otra vez: alguien conduce solo de madrugada, cruza un camino que no lleva a ningún lado, aprende a llorar y seguir. En «Ride Lonesome» la voz le ordena al narrador derramar sus lágrimas y moverse, y plantea el desamor como algo que se atraviesa, no en qué revolcarse. En «Run Away» el mismo narrador apaga los faros al cruzar la ciudad, un gesto que le mete peligro a un paisaje nocturno que ya había pintado antes.
La escritura funciona mejor cuando abandona la abstracción por la imagen concreta. «Slow Canyon» pinta la añoranza de un amor sin nombre con una franqueza directa y condensa todo en un estribillo de seis palabras; ahí el paisaje deja de ser decorado. «It Ends Right Here» aporta el único optimismo franco del disco, un romanticismo sin ironía que celebra una relación protegida. El problema es que, cuando la escritura se queda en lo genérico, la música tampoco tira: las obsesiones se repiten y el arreglo se acomoda debajo sin oponer resistencia.
Canciones clave
«In The Night» — Una melodía acústica frágil con una sombra de cuerdas alrededor. Las orquestaciones de Campbell citan a Nick Drake y su arreglista Robert Kirby, y la letra habla de la oscuridad que entierra mentiras y de guías que acompañan hacia la muerte. Es el momento donde el arreglo hace todo el trabajo emocional que la voz deja a medias: el peso del duelo vive en las cuerdas, no en el texto. El disco encuentra aquí su registro más alto.
«Slow Canyon» — Country-rock parco donde la percusión marca al fin un cambio de pulso que el resto del álbum se niega a dar. La letra pinta la añoranza de un amor innominado con imágenes cada vez más concretas de oscuridad y paisaje, y todo se concentra en un estribillo de seis palabras. Es la excepción a la regla del disco: cuando Beck cambia el ritmo y aterriza la imagen, la quietud deja de ser un manto y se vuelve tensión. Una de sus mejores canciones en años.
«Beyond The Light» — El cierre funciona como bendición después de una ruptura: el narrador cabalga tan solitario como puede. Cinco minutos y medio de combustión lenta y autocuración que tejen los hilos del álbum. Pero vuelve sobre las mismas tormentas, cielos y luz que ya sonaron antes, y los motivos se vuelven intercambiables. Ahí se ve el límite entero del disco: la cohesión que lo sostiene es también lo que le impide sorprender una última vez.
La cohesión que sostiene el disco es también lo que le impide sorprender al final
Beck cierra su trilogía triste con el capítulo más quieto de los tres, y esa quietud está trabajada hasta el último detalle: las cuerdas de Campbell, la mezcla de Godrich, los músicos que ya habían tocado Sea Change. Donde el disco respira —«In The Night», «Slow Canyon», el estribillo de «Bleed»— hay algunas de las mejores canciones que escribió en años.
El costo está en el tramo final, cuando la mano firme que nunca acelera empieza a repetir el mismo gesto. Mojo lo llamó obra maestra sin defectos; el defecto existe, y es que la contención tan cuidada termina achatando lo que debería ser el desenlace. Aun así, cerrar tres veces el mismo capítulo y que dos veces suene inevitable no es poca cosa. Beck volvió a hacer el disco que había prometido no hacer, y esa reincidencia le sienta bien.






