La creciente disputa entre artistas independientes y plataformas de streaming como Spotify acaba de entrar en un nuevo capítulo. En un artículo para The Guardian del 31 de julio de 2025, el compositor, productor e integrante de bandas David Bridie anunció que retirará su catálogo del servicio.
Su argumento es contundente: no quiere que canciones escritas junto a sobrevivientes de conflictos bélicos sigan generando ingresos para personas que financian armas. Esta decisión, aunque no alterará los ingresos de la compañía ni los del propio artista, ha reavivado un debate de fondo: el rol de las plataformas en la precarización laboral y los dilemas éticos de la industria musical.
El encanto y la trampa del streaming
Bridie admite que el streaming tiene ventajas evidentes: ofrece la comodidad de tener un “programa de radio” personal en el coche o en casa. Gracias a esa accesibilidad, un oyente puede descubrir un tema y después comprar el disco o asistir a un concierto. Sin embargo, la experiencia de muchos músicos muestra que la mayoría de los usuarios no dan ese siguiente paso; consumen la música exclusivamente en streaming, lo que reduce la venta de discos y descargas.
La situación empeora por los raquíticos pagos que reciben los artistas. Spotify paga entre 0,003 y 0,005 dólares por reproducción. Para músicos independientes —especialmente aquellos provenientes de comunidades del Pacífico o de pueblos originarios— estos ingresos son insultantes e insostenibles. Un modelo de regalías así empuja a la música hacia un escenario donde sólo los artistas con recursos propios o grandes sellos pueden sobrevivir, lo que reduciría la diversidad cultural.
Bridie recuerda que, aun cuando los ingresos totales de la industria musical han vuelto a niveles similares a los de la década de 1990, ese dinero no llega a quienes tocan los instrumentos ni cantan. Muchos músicos se ven obligados a mendigar, aceptando “algo es mejor que nada”.
A esta precariedad se suma la irrupción de la música generada por inteligencia artificial. Plataformas como Spotify ya están saturadas de temas creados por algoritmos, lo que dificulta aún más la visibilidad de los artistas reales.
El dilema ético: de lo necesario a lo impresentable
Para Bridie, el problema ya no es sólo económico. La gota que colmó el vaso fue el anuncio de que Daniel Ek, cofundador y consejero delegado de Spotify, lideró una inversión de 600 millones de euros en la empresa alemana Helsing, que desarrolla sistemas de armas autónomas basados en inteligencia artificial.
Ek, que preside el consejo de Helsing, no cobra salario de Spotify pero sí se beneficia de la venta de acciones; en 2024 habría obtenido unos 345 millones de dólares. Para Bridie, cada reproducción en Spotify alimenta esa fortuna y, en consecuencia, la financiación de tecnologías capaces de “matar gente”. Frente a las guerras de drones en Ucrania y Gaza, el músico considera que Spotify “parecía un mal necesario” y que ahora “simplemente parece un mal”.
La crítica no es aislada. Otras agrupaciones, como Deerhoof, han retirado su música alegando que si el precio de la “descubribilidad” es permitir que oligarcas inunden el mundo de armamento computarizado, prefieren renunciar a los supuestos beneficios. Esta postura ética conecta con los valores de muchos sellos y artistas independientes de América Latina, que históricamente han denunciado el extractivismo y la violencia institucional.
Alternativas y resistencia
Bridie reconoce que sacar su música de Spotify no tendrá un impacto financiero inmediato para la plataforma ni cambiará de forma significativa sus propios ingresos. Sin embargo, lo considera un acto de coherencia: no quiere que sus composiciones, algunas escritas con sobrevivientes de conflictos, enriquezcan a un inversionista en armas.
El artista invita a otros músicos y a los oyentes a reflexionar sobre dónde alojan su arte y dónde gastan su dinero. Existen alternativas menos cuestionables —por ejemplo, Bandcamp, Tidal o plataformas cooperativas— que, aunque no sean perfectas, no están dirigidas por personas vinculadas al negocio bélico.
El llamado también se extiende a la industria en su conjunto: dejar de recibir patrocinios de empresas que ven la música como simple contenido y la guerra como un negocio. “Preferiría no ganar nada a lucrar con la destrucción”, resume Bridie.
Reflexión final
La controversia generada por David Bridie no es un capricho individual sino el síntoma de un malestar generalizado entre los músicos. Más allá del debate sobre la sustentabilidad económica de las plataformas de streaming, su protesta nos recuerda que la cultura no puede desvincularse de la ética.
La música —en especial la independiente— nace muchas veces de la resistencia y del anhelo de construir mundos más justos. Si el ecosistema que la sostiene contradice esos valores, los artistas tienen la potestad y la responsabilidad de buscar otros caminos.
En Indietheka creemos que estas discusiones son esenciales para el futuro de la escena alternativa. Consumidores y creadores debemos cuestionar nuestras prácticas: ¿qué estamos financiando cuando damos play? ¿Cuánto valoramos el trabajo de quienes nos acompañan con su música? ¿Qué clase de industria queremos para el mañana?
Abramos el diálogo, apoyemos a nuestros artistas locales y exploremos nuevos modelos de distribución que respeten tanto la creatividad como la dignidad humana.





