Los 6 discos de doomgaze y shoegaze pesado más ignorados de los 2020s

Los 6 discos de doomgaze y shoegaze pesado más ignorados de los 2020s
De Portland a Phoenix, seis discos de shoegaze pesado y doomgaze de los 2020s que merecieron más atención de la que recibieron.
Lectura: 10 minutosEl doomgaze existe en un punto ciego. No es lo suficientemente metal para los algoritmos de ese circuito ni lo suficientemente pop para las playlists de shoegaze nostálgico. Los discos que combinan la lentitud del doom con la inmersión del shoegaze rara vez reciben cobertura proporcional a su ambición, y en español la información curada es prácticamente inexistente.
Esta lista reúne seis álbumes publicados entre 2020 y 2026 que operan en ese cruce: guitarras distorsionadas a velocidad fúnebre, voces que flotan por encima del peso, producción obsesiva y un reconocimiento crítico que casi nunca se tradujo en circulación real. Algunos son de bandas con más de una década de trayectoria; otros, debuts largamente esperados.
El orden es descendente —el número uno cierra la pieza— y el criterio combina calidad de producción, coherencia con el género y la brecha entre recepción crítica y visibilidad efectiva. No se incluyen discos que ya cuentan con cobertura amplia en medios hispanohablantes.
Blackwater Holylight — Silence/Motion
Antes de mudarse a Los Ángeles y cambiar de sello, Blackwater Holylight grabó en Portland el disco que definió su viraje. Silence/Motion es el tercer álbum de la banda y fue producido por A.L.N., de Mizmor y HELL, junto al ingeniero Dylan White en Odessa Recording Studio. La alineación incluyó voces invitadas de Bryan Funck (Thou) y Mike Paparo (Inter Arma), una decisión que añadió una dimensión gutural que la banda no había explorado.
El resultado fue un disco que las reseñas de nicho trataron como el mejor trabajo de la banda hasta ese momento, pero que casi no circuló más allá de los blogs especializados en doom. Silence/Motion funcionó como bisagra: demostró que el proyecto de Sunny Faris podía sostener siete canciones de largo aliento sin repetirse y sin ceder al stoner genérico de sus primeros dos discos. Quien llegue a Not Here Not Gone sin pasar por aquí se pierde la mitad del arco.
Nothing — The Great Dismal
Nothing publicó su cuarto disco en la peor ventana posible: finales de octubre de 2020, cuando la industria musical operaba en modo de supervivencia y la atención estaba en cualquier parte menos en un álbum de shoegaze denso desde Filadelfia. The Great Dismal fue producido por Will Yip y grabado en Studio 4, Conshohocken, Pennsylvania, con una formación renovada que incluyó a Aaron Heard (Jesus Piece) en bajo y a Doyle Martin (Cloakroom) en guitarra.
La colaboración con Alex G en ‘April Ha Ha’ y la participación de la arpista Mary Lattimore le dieron al disco una amplitud que no es habitual en el shoegaze más pesado. Metacritic registró un 76 sobre 100, Exclaim! le dio 9/10 y Louder Sound lo llamó un clásico moderno del shoegaze. Pero el disco se hundió en el ruido del año y nunca alcanzó la circulación de los dos anteriores de la banda. Sigue siendo, cinco años después, el punto de entrada más sólido al sonido de Domenic Palermo.
Cloakroom — Dissolution Wave
Cloakroom viene de Chesterton, Indiana, y su guitarrista y vocalista Doyle Martin es también miembro en vivo de Nothing: el shoegaze pesado estadounidense es una red más pequeña de lo que parece. Dissolution Wave es el tercer álbum de la banda, grabado a finales de 2019 en Earth Analog y Uphill, Chicago, por el ingeniero Zac Montez, y publicado por Relapse en enero de 2022.
Se trata de un álbum conceptual: un western espacial en el que un fenómeno de física teórica borra todo el arte y el pensamiento abstracto de la humanidad, y los compositores deben llenar el vacío para mantener el mundo en rotación. Matt Talbott, de Hum —una de las influencias fundamentales del shoegaze pesado de los noventa—, aporta piano y loops. La premisa suena excesiva, pero el disco la sostiene en ocho cortes que no superan los 37 minutos. Cloakroom no busca la pared de sonido maximalista: prefiere la claridad dentro de la densidad, y eso lo separa de casi todo lo demás en esta lista.
Holy Fawn — Dimensional Bleed
Holy Fawn es un cuarteto de Phoenix, Arizona, formado en 2015 por Ryan Osterman, Evan Phelps, Alexander Rieth y Austin Reinholz. Su debut Death Spells (2018) fue autoeditado y les consiguió giras de soporte con Thrice y Deafheaven, pero Dimensional Bleed —su segundo LP, coproducido con Mike Watts (Glassjaw, The Dillinger Escape Plan)— se armó durante el confinamiento y salió cuando la conversación sobre post-metal ya se había desplazado a otras coordenadas.
El disco mezcla pasajes electrónicos con secciones de black metal y momentos de dream pop que no deberían funcionar juntos pero lo hacen. ‘Death Is A Relief’ y ‘Amaranthine’ son los extremos del espectro. Holy Fawn no encaja limpio en la etiqueta doomgaze —hay demasiado movimiento, demasiada variación de tempo—, pero el peso emocional y la voluntad de fusionar shoegaze con metal lo sitúan aquí. De los seis discos de esta lista, es el que más posibilidades tiene de cruzar hacia un público amplio. Que no lo haya hecho todavía dice mucho sobre lo estrecho que es el filtro.
Softcult — When a Flower Doesn’t Grow
Phoenix y Mercedes Arn-Horn son gemelas de Kitchener, Ontario. Antes de Softcult formaron Courage My Love, un proyecto pop-punk que las llevó a firmar con Warner Canada a los 17 años y a obtener una nominación al Juno en 2014. La relación con el sello se deterioró, y en 2020 disolvieron la banda para empezar de cero con un sonido que cruzara grunge noventero, shoegaze y la actitud riot grrrl de Bikini Kill.
When a Flower Doesn’t Grow es el primer álbum largo de Softcult, producido por Phoenix Arn-Horn y publicado vía Easy Life Records. Once canciones en 30 minutos: un manifiesto compacto con letras que abordan abuso de poder (’16/25′), dinámicas de género (‘She Said, He Said’) y agotamiento político (‘Tired!’). Metacritic le asignó 86 sobre 100 con base en cinco reseñas. El disco no suena a doomgaze clásico, pero su versión del shoegaze es deliberadamente pesada y oscura, más cerca de la tradición de Slowdive filtrada por Hole que de cualquier revival limpio.
Blackwater Holylight — Not Here Not Gone
En 2026 se cumplieron diez años de la formación de Blackwater Holylight. Para su cuarto álbum, la banda ya no vivía en Portland sino en Los Ángeles, había dejado RidingEasy por Suicide Squeeze Records y había elegido grabar en Sonic Ranch, las afueras de El Paso, Texas, con Sonny DiPerri (Narrow Head, DIIV, Emma Ruth Rundle) como productor, ingeniero y mezclador. El mastering es de Howie Weinberg. La alineación: Sunny Faris en voz, guitarra y bajo; Mikayla Mayhew en bajo y guitarra; Eliese Dorsay en batería; Sarah McKenna en sintetizadores; Camille Getz en violín; y David Sitek aportando beats en ‘Giraffe’.
Not Here Not Gone es el disco más controlado de la banda. Diez canciones donde la distorsión convive con el violín y los sintetizadores sin que ninguno domine. ‘How Will You Feel’ abre con más de cinco minutos de construcción lenta; ‘Poppyfields’ cierra con más de siete. El disco recibió reseñas entusiastas en The Sleeping Shaman, Everything Is Noise y The Prog Mind, pero casi ninguna cobertura fuera del circuito de doom y shoegaze. Es el caso más claro de esta lista: un álbum con la producción, la banda y el sello para trascender su nicho, publicado en un mes donde nadie estaba mirando.
El filtro: reseñas positivas, circulación mínima fuera del nicho
Los seis discos de esta lista cumplen tres condiciones: fueron publicados entre 2020 y 2026, operan en el cruce entre doom y shoegaze (o en una variante de shoegaze deliberadamente pesada), y recibieron reseñas favorables en medios especializados sin traducir ese reconocimiento en visibilidad amplia. El orden combina calidad de producción, coherencia con el doomgaze como coordenada y la brecha verificable entre recepción crítica y cobertura efectiva. Se descartaron discos con presencia consolidada en medios hispanohablantes y aquellos cuyos datos de sello, productor o año no pudieron verificarse con al menos dos fuentes independientes.







